lunes, 21 de abril de 2008

La lluvia como invitada

Por una acera de empedrado antigua el agua tiende a formar pequeños surcos irregulares. Serpenteos de escalofríos y reflejos líquidos se escurren entre los pies. Goteras y tejas rotas alteran el ritmo de caída del agua convirtiendo en una verdadera prueba de agilidad no empaparte o no saltar un ojo a alguien de un paraguazo.

Caminando por la parte menos desgastada, o haciendo equilibrio por el bordillo, se ralentiza el efecto esponja de unos vaqueros a los que negué un dobladillo de rigor, pero siempre hay algún amable conductor que está dispuesto a rachear para hacer un trasvase generoso rodilla arriba.

Las canaletas agrietadas, llenas de polvo y hojas secas, se atascan desbordándose con la inesperada lluvia y los pequeños balcones repletos de geranios se convierten en minúsculos embalses que preparan bromas-sorpresa al que inútilmente busca resguardo.

Aparecen las prisas por llegar a casa, a alguna parte, por dispersarse. El bullicio acostumbrado del centro de la ciudad cede ante el silencio y el eco de pasos que se alejan. Calles desnudas, no es día de escaparates de tiendas, no toca estar en las terrazas de los bares y cafeterías, ni pasear sin conocer muy bien el rumbo.

Personas sin ojos, paraguas con pies. El agua cala y golpea sobre los charcos.

Tras la estampida, esquivando esos charcos, hay quienes no regresan a ninguna parte, su mundo gira al mismo ritmo de siempre. Quietos, inmóviles. Llaman casa, al escalón de la puerta trasera de un cine. Salón, a un bordillo de supermercado. Cocina, a un soportal de una oficina bancaria. Como baño, un parque.

Entonces no hay gran diferencia entre días soleados o lluviosos. No importan el frío o unas cuantas gotas de agua. Al contrario, la lluvia puede ser una gran invitada si limpia de su salón las visitas incómodas que lo recorren sin apenas percatarse de que ellos están sentados, allí mismo, en su escalón. Estúpidas visitas con miradas sin brillo y ajenas, incapaces de reconocer la tristeza y soledad que tienen hueco entre ese escalón, una chaqueta descosida y unos cartones. Ciegas a fantasmas transparentes sin nombre, mobiliario urbano.

No es tan raro que llueva en abril, lo raro es tener una enfermedad grave en la vista y el corazón y no buscar remedio.

Llueve y la tierra lo agradece. Llueve, huele a limpio. Llueve, el mundo parece expiar sus pecados de polución y cemento haciendo promesas de un espectáculo de sol radiante y cielo azul nítido.



Pero no miramos con los ojos de ver. No latimos con el corazón de sentir.

7 comentarios:

Charlie dijo...

Increíble-ble. :)

L o L i T a dijo...

Pues creetelo que pasa! :P

Ja,ja...ha sido un intento por salirme de mi venilla cómica y casi me cuelo en el melodrama! Experimentos :D Ya mismo me lees haciendo sonetos!

Bsoooooo ;)

Ramón de Mielina dijo...

Lluvia... Para una vez que me decido a ir a Salamanca y va a nos cae la chaparrada del siglo... Pero sí, es bonita la lluvia. Lo más bonito de la lluvia es salir cuando a escampado con las botas de agua a por caracoles.

L o L i T a dijo...

Ja,ja...es que ha caido la del pulpo este fin de semana! a mi de chica me encantaba lo de "arebuscar" en el barro bichos-bola, lombrices y caracoles! Deduzco que tu búsqueda de caracoles tiene un fin más gastronómico que el que tenia yo entonces!el mio era más de dar con un palito...a ver que hacian!

:)

Ramón de Mielina dijo...

Sí... mi padre nos daba una peseta por caracol... y ahí que íbamos todos los primos a coger los caracoles... :-)

¡Una peseta! Qué tiempos...

Camiseta a rayas dijo...

Qué grande!

A mí la lluvia me produce sentimientos encontrados: cuando me pilla por la calle la odio muchisimo, cuando me pilla en casita me encanta. A veces cuando miro por la ventana también pienso en la gente que está en su casa como yo, pero que estará infinitamente peor, ya que el cartón como elemento arquitectónico no es el más logrado, desde luego. La deshumanización llega a este punto: normalizar las desgracias.

Me gusta tu vena "melodramática" :)

Ramón de Mielina dijo...

Cuando jarrea, lo más bonito es ponerse las katiuskas, el impermeable y salir al muelle, ir al Puerto Viejo y ver cómo rompen las olas. Ir andando todo el muelle, con calma. Relaja.